La mentira del dotor

Veía ahora días en un documental de DW, que las personas normales dicen un promedio de dos mentiras al día. Eso las personas normales, porque los políticos son unos mentirosos profesionales, y están fuera de todo parámetro promedio cuando se trata de engañar. Parece ser que decir mentiras es una característica clave para identificar una inteligencia evolucionada, y también es un marcador que permite establecer si un ente pensante es consciente de sí mismo, y reconoce una consciencia diferente en los demás.

Los niños inicialmente no tienen esa concepción de conciencia propia, y conciencia de otros. Al principio de nuestra vida no somos capaces de entender que las demás personas perciben el mundo de otra manera, tienen distintas opiniones, e incluso llegan a actuar diferente de como lo haríamos nosotros. Entre los tres y los cinco años cada persona desarrolla esa visión de la conciencia ajena, y una forma de determinar si esa visión existe ya en un párvulo, es justamente a partir de su capacidad para mentir. ¿Quién creyera que la habilidad para decir mentiras es un indicador de inteligencia superior?

Me acuerdo mucho con este tema de Data, el androide de la serie de Star Trek. Data tenía capacidades de cómputo casi infinitas: Podía hacer cálculos complejos, evaluar probabilidades, ganarle a cualquier computadora de la nave, pero no era capaz de entender la sutileza de la ironía, y mucho menos la mentira. Y es que ser brutalmente honesto a toda hora no le salía muy bien en la serie al pobre robot. Parece ser que la mentira es una forma de catalizador social. La honestidad brutal (pero no la de Calamaro) provocaría demasiados problemas y rencores entre la gente, y por eso es que acostumbramos a decir lo que muchos aciertan a llamar mentiras piadosas: Que no estás gorda, que muy bueno que terminaste con fulano/a, que está muy rico gracias, que el traído de Niño Dios o que el Ratón Pérez…

Voy a pasar de largo por el traumático asunto de por qué a los latinoamericanos nos tocó un ratón y a los gringos un hada de los dientes (otro día, de pronto borracho), para referirme a otro tipo de mentira: El auto-engaño. Con razón dicen por ahí que nadie engaña mejor que uno mismo. No se sabe si de manera consciente o inconsciente, los seres humanos tenemos el vicio de apagar el sentido común en ciertas situaciones. Ignoramos evidencias, antecedentes, argumentos contrarios, y nos aferramos con esperanza a imposibles, o nos consolamos prometiéndonos cosas que sabemos que no vamos a hacer o que no van a pasar: Mañana sí salgo a correr, yo puedo dejar el trago cuando quiera, este libro lo compro porque lo voy a leer, me voy a conseguir un trabajo mejor, y mil cosas más.

Milan Kundera dice en algún rincón de La Insoportable Levedad del Ser, que existen cuatro tipos de personas. Los primeros son los que buscan el amor de todo el mundo, aunque no lleguen a conocer nunca a aquellos de los que quieren su aprobación. El segundo grupo es el de aquellas personas que buscan el amor y el consentimiento de un grupo de personas, todos conocidos, y se la pasan rodeados de dicho grupo. El tercer tipo de persona corresponde al de aquellos obsesionados con el amor y la aprobación de una sola persona en particular, y el último grupo corresponde a personas que no buscan el amor de nadie real.

A mí me causan mucha curiosidad las personas del primer grupo, en el que seguramente habrá artistas, políticos y aquellos que buscan el reconocimiento de todos los demás. En su esquema de auto-engaño llegan a creer que para vivir necesitan que todo el mundo los quiera y los admire. En una vuelta de tuerca adicional, algunas de estas personas se creen que están destinados a salvar a los demás, como en una especie de síndrome de mesías. Y en esa falsa creencia en la que el resto del mundo necesita ser salvado, más allá de todo sentido común, estos personajes llegan a convencerse que todo está permitido en función de un bien mayor. Así se empieza queriendo salvar al mundo y se termina convertido en victimario y ejecutor de maldad.

Yo no creo que Hitler, o Franco, o Stalin, o Mao, o Pinochet, o muchos otros dictadores, llegasen a reconocer (ni siquiera a sí mismos) que a pesar de sus posibles intenciones iniciales, terminaron provocando mucho dolor y mucha muerte. Hay un síndrome llamado Münchhausen por poder en el que una persona que cuida a un enfermo o herido grave termina haciéndole daño, o provocándole enfermedades de manera intencional. La razón de este comportamiento varía desde el deseo de atención y compasión de los demás, pasando por la necesidad de que el enfermo (usualmente un pariente) siga recibiendo ayudas económicas, hasta trastornos críticos de la personalidad.

El colmo del cinismo ocurre cuando el que se cree el mesías termina convenciendo a otros, y esos otros no solo se contagian de la idea de salvar al mundo, sino también de la arbitrariedad, del abuso y del maltrato. Allí se consuma la forma de mentira más grave y compleja: El auto-engaño llevado al extremo de creerse necesario para la salvación de los demás, contagiado a otros, y acompañado de complejos de tener permiso de hacer lo que sea, en función de un objetivo noble y superior. Es una costumbre muy occidental, y muy de la doctrina judeo–cristiana, el querer salvar a otros. Muchas veces los que somos salvados, quisiéramos poder decirle a nuestro mesías que no nos quiera tanto.

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