Memorias de un presumido de clóset

La mecánica cuántica establece que un fenómeno no puede ser observado con una precisión arbitraria, sin que el observador afecte (contamine) la medida. Es el postulado más conocido del principio de incertidumbre de Heisenberg (ojo: No es el de Breaking Bad, si no el físico que le peleó al mismísimo Einstein). En los libros de física moderna hay siempre un dibujito característico de un electrón siendo observado por un ojo humano, para explicar ese fenómeno. También está el famoso ejemplo del Gato de Schrödinger, en el que la suerte del pobre animalito no se define hasta que haya un observador dispuesto a medir su estado.

Lo que es cierto con un simple electrón, y con el gato más famoso de la física moderna, parece más cierto todavía en los fenómenos sociales. La gente que trabaja con encuestas sabe que se puede influir en la respuesta de las personas, formulando la pregunta de una manera particular. Si sabe cómo preguntar, a lo mejor obtendrá la respuesta que anda buscando. Es lo que se llama sesgo de respuesta, y es la razón por la que, por ejemplo, las encuestas políticas pueden tener resultados tan variados como el número de candidatos. La vuelta de tuerca adicional es que los resultados de esas encuestas se usan para influenciar la opinión del público que vota. Con razón dice Homero Simpson que uno puede demostrar cualquier cosa con las estadísticas, y que el 40 % de la gente lo sabe.

Lo otro es que apenas hasta hace relativamente poco se han empezado a estudiar y caracterizar formalmente los fenómenos sociales. Un ejemplo de lo anterior puede darse con el matoneo, o bullying. Anglicanismo aparte, podría afirmarse que todos las personas que ahora estamos en edad adulta experimentamos este fenómeno (ya sea desde la perspectiva del maltratador, del maltratado, o del espectador indiferente), pero solo hasta ahora la cosa ha ganado visibilidad (y hasta le pusieron nombre).

Parece ser que la opinión de grupo, la presión social, tiene mucho que ver con estos fenómenos sociales. Por algo dicen que no hay nada más irracional que una muchedumbre. Ahora unos años se volvió viral un video del experimento del ascensor, que muestra cómo nos sentimos de incómodos al actuar diferente a un grupo de personas (así sean desconocidas), y cómo terminamos cediendo en nuestra individualidad para encajar. Súmese a esto el Efecto Dunning–Kruger, y se tendrá la receta para más de un desastre. El Efecto Dunning–Kruger es un sesgo (otra vez esa palabrita) cognitivo en el que las personas se perciben a sí mismas más hábiles, o más inteligentes, o más talentosas de lo que en realidad son.

¿Y qué pasa cuando una persona cree tener capacidades por encima de la realidad, y se pone en un entorno que la presiona socialmente? Uno de los posibles resultados es la aparición de un presumido. Los presumidos llegan a ser molestos, y a mí me costó mucho separar la aversión que me generan, del hecho que esa actitud jactanciosa sea simplemente un mecanismo de defensa para desenvolverse en la sociedad. Ignórese el hecho que enviándole este mensaje a Usted, querido y anecdótico lector, estoy presumiendo que le interesa en alguna medida lo que yo le pueda escribir, así que yo mismo (¡oh dios!) soy un presumido.

En todo caso y más allá de cuestiones introspectivas, siempre he creído que hay dos tipos de presumidos. Los hay con razón, es decir, aquellos que sustentan su petulante actitud con hechos, talento o habilidad, y hay de los que no pueden respaldar sus palabras con hechos. Los primeros son más escasos, primero porque contrario a lo que dicen en La Voz, el talento no abunda, y segundo porque en general un experto en algo sabe lo difícil que es llegar a la perfección en el área que domina, y no anda cacareando que lo puede todo (otra consecuencia descrita en el Efecto Dunning–Kruger).

Hay un dicho que reza que un bobo careado es capaz de matar a la mamá, y es cierto también para los presumidos del segundo tipo. Con tal de no quedar en evidencia ante el grupo, son capaces de todo. Hará unos seis años circulaba por ahí el video de un boxeador aficionado que acepta un reto público, y termina noqueado, por presumido. También me llegó un artículo buenísimo que relata cómo Silvester Stallone casi muere (según sus propias palabras) de un solo golpe de un boxeador real, cuando aupado por el éxito de la película Rocky, se creyó que podía pelear profesionalmente. Otro buen ejemplo es el del emperador romano Cómodo, quien creyéndose mejor que todo el mundo decidió luchar contra los gladiadores a muerte en el circo romano (la historia de Cómodo fue la que inspiró inicialmente la película El Gladiador).

Como puede verse, ser presumido puede salir hasta peligroso, sobre todo en el contexto del boxeo o de las luchas a muerte. Afortunadamente yo he escogido serlo desde la seguridad de la bandeja de salida del correo electrónico, aunque ahora me atormenta la idea de que alguien que reciba estos mensajes decida buscarme y hacer como hizo el boxeador con el actor de Rocky. Al que lo esté pensando, que recuerde que esto de presumir es un mecanismo de defensa para almas atormentadas, y siempre se me puede mandar a la bandeja del spam.

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