The sinner's advice

Cetus, el monstruo de la Mitología Griega

Eduardo Galeano cuenta que alguna vez llenando el formulario de la visa para entrar a Estados Unidos, le preguntaban que si el motivo de su viaje era el de matar al presidente de dicho país. Ya sea pasado de inocente o de mordaz, Galeano contestó afirmativamente a la pregunta, y le negaron la visa. Acá en Colombia no nos quedamos atrás, y hasta hace por ahí unos diez años, a los inmigrantes de Europa se les preguntaba en una forma de ingreso al país si habían participado en la Segunda Guerra Mundial del lado de los nazis, o que si simpatizaban con ese partido.

Pero volviendo a la historia original del papá de “Las Venas Abiertas”, el hombre confiesa el haberse sentido cuestionado por el asunto de la visa negada por los gringos. Rehusándose a creer que la respuesta a una pregunta tan tonta fue el motivo de la negada entrada a Gringolandia, Don Galeano manifestó culpa, hasta llegar a la fallida hipótesis que todo fue por calvo e izquierdoso.

Y es que la culpa, pequeño saltamontes, es una fuerza muy poderosa. A ella le debemos genialidades como “Corazón Delator” o “Crimen y Castigo”, y cosas tan ridículas como la venta de reliquias en la edad media. El otro asunto con la culpa es que se va volviendo menos gentil cuando uno entra a la mediana edad. Un muchacho de veinte años no la sufre tanto como lo hicieron Edgar Allan Poe o Dostoievski cuando escribieron sus obras. Leía un estudio hace unos días que decía que la edad cercana a los cuarenta años es la menos feliz de todas. Unos lo llaman crisis de los 40, yo lo llamaría el cénit de la culpa: Culpa por lo que se ha hecho, por lo que no se ha hecho todavía, por esa idea millonaria que no llegó nunca, por no pensar lo suficiente, o por pensar demasiado. Cuando la juventud da cierto respiro, y se puede ser algo crítico con la propia vida, la culpa aparece como Ceto, el monstruo dormido, gigante, oculto bajo la superficie.

La culpa aparece muchas veces ligada a prejuicios religiosos o morales. En la tradición occidental (judeo–cristiana), la culpa es una forma en la que nuestra conciencia nos da señales de alarma acerca de nuestras conductas, pensamientos y omisiones más reprochables. Mejor dicho: La culpa es buena, porque nos muestra lo que está mal en nuestras vidas. Esta concepción viene siendo revaluada desde hace ya varios años, porque en muchos casos la culpa se convierte en un lastre innecesario, y nos impide llevar una vida sana.

He encontrado un par de textos (1 y 2) en los que se asocian los prejuicios racistas y religiosos con la sensación de asco. No se explica muy bien el porqué, aunque hay una pista derivada del proceso evolutivo. En todo caso parece ser que aquellas personas más propensas a sentir asco, lo son también a desarrollar sentimientos y posturas extremistas, discriminatorias, y fundamentalistas. A mí me ha parecido una relación muy curiosa, sorprendente. Todos los días se aprende algo, incluso cuando uno se cree canchero en todo, negado ya para el asombro.

Pero independientemente de cuál sea el origen de los prejuicios sociales o religiosos, o si media el asco en el proceso, la cosa es que dichos prejuicios casi inevitablemente llevan a sentimientos de culpa. Por ejemplo, Usted, amigo lector, puede estar sintiendo culpa (totalmente justificada) por haberle perdido tiempo y energía a este texto. Si ese es el caso, permítase el consejo de alguien experto en procrastinar, quien además anda en la mediana edad (como Galeano, Poe o Dostoievski, en los momentos narrados aquí) y que además se siente canchero y experimentado: Si igual no va a llenar las expectativas de nadie completamente, suelte las culpas y dedíquese a lo que le gusta.

Memorias de un presumido de clóset

La mecánica cuántica establece que un fenómeno no puede ser observado con una precisión arbitraria, sin que el observador afecte (contamine) la medida. Es el postulado más conocido del principio de incertidumbre de Heisenberg (ojo: No es el de Breaking Bad, si no el físico que le peleó al mismísimo Einstein). En los libros de física moderna hay siempre un dibujito característico de un electrón siendo observado por un ojo humano, para explicar ese fenómeno. También está el famoso ejemplo del Gato de Schrödinger, en el que la suerte del pobre animalito no se define hasta que haya un observador dispuesto a medir su estado.

Lo que es cierto con un simple electrón, y con el gato más famoso de la física moderna, parece más cierto todavía en los fenómenos sociales. La gente que trabaja con encuestas sabe que se puede influir en la respuesta de las personas, formulando la pregunta de una manera particular. Si sabe cómo preguntar, a lo mejor obtendrá la respuesta que anda buscando. Es lo que se llama sesgo de respuesta, y es la razón por la que, por ejemplo, las encuestas políticas pueden tener resultados tan variados como el número de candidatos. La vuelta de tuerca adicional es que los resultados de esas encuestas se usan para influenciar la opinión del público que vota. Con razón dice Homero Simpson que uno puede demostrar cualquier cosa con las estadísticas, y que el 40 % de la gente lo sabe.

Lo otro es que apenas hasta hace relativamente poco se han empezado a estudiar y caracterizar formalmente los fenómenos sociales. Un ejemplo de lo anterior puede darse con el matoneo, o bullying. Anglicanismo aparte, podría afirmarse que todos las personas que ahora estamos en edad adulta experimentamos este fenómeno (ya sea desde la perspectiva del maltratador, del maltratado, o del espectador indiferente), pero solo hasta ahora la cosa ha ganado visibilidad (y hasta le pusieron nombre).

Parece ser que la opinión de grupo, la presión social, tiene mucho que ver con estos fenómenos sociales. Por algo dicen que no hay nada más irracional que una muchedumbre. Ahora unos años se volvió viral un video del experimento del ascensor, que muestra cómo nos sentimos de incómodos al actuar diferente a un grupo de personas (así sean desconocidas), y cómo terminamos cediendo en nuestra individualidad para encajar. Súmese a esto el Efecto Dunning–Kruger, y se tendrá la receta para más de un desastre. El Efecto Dunning–Kruger es un sesgo (otra vez esa palabrita) cognitivo en el que las personas se perciben a sí mismas más hábiles, o más inteligentes, o más talentosas de lo que en realidad son.

¿Y qué pasa cuando una persona cree tener capacidades por encima de la realidad, y se pone en un entorno que la presiona socialmente? Uno de los posibles resultados es la aparición de un presumido. Los presumidos llegan a ser molestos, y a mí me costó mucho separar la aversión que me generan, del hecho que esa actitud jactanciosa sea simplemente un mecanismo de defensa para desenvolverse en la sociedad. Ignórese el hecho que enviándole este mensaje a Usted, querido y anecdótico lector, estoy presumiendo que le interesa en alguna medida lo que yo le pueda escribir, así que yo mismo (¡oh dios!) soy un presumido.

En todo caso y más allá de cuestiones introspectivas, siempre he creído que hay dos tipos de presumidos. Los hay con razón, es decir, aquellos que sustentan su petulante actitud con hechos, talento o habilidad, y hay de los que no pueden respaldar sus palabras con hechos. Los primeros son más escasos, primero porque contrario a lo que dicen en La Voz, el talento no abunda, y segundo porque en general un experto en algo sabe lo difícil que es llegar a la perfección en el área que domina, y no anda cacareando que lo puede todo (otra consecuencia descrita en el Efecto Dunning–Kruger).

Hay un dicho que reza que un bobo careado es capaz de matar a la mamá, y es cierto también para los presumidos del segundo tipo. Con tal de no quedar en evidencia ante el grupo, son capaces de todo. Hará unos seis años circulaba por ahí el video de un boxeador aficionado que acepta un reto público, y termina noqueado, por presumido. También me llegó un artículo buenísimo que relata cómo Silvester Stallone casi muere (según sus propias palabras) de un solo golpe de un boxeador real, cuando aupado por el éxito de la película Rocky, se creyó que podía pelear profesionalmente. Otro buen ejemplo es el del emperador romano Cómodo, quien creyéndose mejor que todo el mundo decidió luchar contra los gladiadores a muerte en el circo romano (la historia de Cómodo fue la que inspiró inicialmente la película El Gladiador).

Como puede verse, ser presumido puede salir hasta peligroso, sobre todo en el contexto del boxeo o de las luchas a muerte. Afortunadamente yo he escogido serlo desde la seguridad de la bandeja de salida del correo electrónico, aunque ahora me atormenta la idea de que alguien que reciba estos mensajes decida buscarme y hacer como hizo el boxeador con el actor de Rocky. Al que lo esté pensando, que recuerde que esto de presumir es un mecanismo de defensa para almas atormentadas, y siempre se me puede mandar a la bandeja del spam.

Del síndrome a la cultura

El Síndrome de Jerusalén es un trastorno que afecta mayoritariamente a turistas que viajan a dicha ciudad. Se caracteriza porque los afectados empiezan a creerse que son algún personaje bíblico como Jesucristo, en cuyo caso el síndrome toma el nombre de Mesiánico. La situación es tan común que, como puede verse, ya le tienen nombre al trastorno y a sus variantes, y hasta le han dedicado alguna parodia en Los Simpson. Síndromes como el de Jerusalén son bastante curiosos y desafían la lógica. En el de Estocolmo, por ejemplo, un secuestrado empieza a manifestar empatía y hasta afecto por sus captores, mientras que en el Síndrome de Diógenes, el afectado tiene la compulsión de acumular cosas sin sentido o propósito.

Pero si vamos a hablar de síndromes curiosos, los campeones indiscutidos son los japoneses. El ejemplo más sonado de trastorno social con marca japonesa es el Hikikomori, en el que jóvenes en edad de estudiar o de trabajar deciden aislarse socialmente, vivir de sus padres, y pasársela jugando videojuegos y viendo anime en la sala de su casa o en su cuarto. El Hikikomori es tan común en Japón que ya se volvió un problema de salud pública, además de representar un enorme desperdicio de recursos para el sistema educativo, la maquinaria laboral del país, y el sistema de pensiones. Hay quienes dicen que lo que está pasando en Japón es un preludio de lo que va a ocurrir en el resto del planeta, como consecuencia de la modernidad: Un entorno laboral y académico cada vez más competido, contratos laborales precarios, bajas oportunidades de estabilidad, sueldos reducidos, alta automatización en las empresas y poco empleo para la mano de obra humana… Todo esto ha desencadenado en una renuncia por parte de los jóvenes a la idea de trabajar, de tener familia, o de hacer una carrera. Los japoneses idealizan el honor, y al ver que las cosas son tan difíciles en la vida adulta, los jóvenes que experimentan Hikikomori, deciden que no están a la altura del reto de formar familia, o hacer carrera, o empezar su vida laboral, y deciden darse por derrotados por adelantado, para no vivir el deshonor del fracaso posterior.

Otra cosa que idealizan los japoneses es el concepto de cliente, en los negocios. Se esfuerzan mucho por dejar satisfechos a quienes deciden contratarlos o comprarles algún bien o servicio, y eso lleva a otro desorden famoso: El Síndrome de París. Este es quizás el único trastorno propio de una sola nacionalidad, porque incluso para el Hikikomori hay casos en otras partes del mundo (en España le llaman los Ninis). El Síndrome de París afecta a los turistas japoneses que visitan dicha ciudad: Acostumbrados a la cultura de negocios japonesa, donde el honor y la satisfacción del cliente son la prioridad, los turistas de Japón llegan París buscando la misma deferencia, y se encuentran con meseros, taxistas, empleados y ciudadanos en general, apáticos y hasta groseros. Mejor dicho: Uno queriendo conocer la Ciudad Luz, que el Rio Sena, que el Louvre, que la torre, que Les Champs-Élysees, y se encuentra con un montón de franceses amargados y toscos. No por nada en 2012 París fue elegida como la capital más hostil de Europa. La embajada japonesa en Francia tiene todo un protocolo establecido para tratar a sus nacionales con El Síndrome de París, y hasta habilitó una línea de ayuda de emergencia que funciona las veinticuatro horas. Lo curioso es que para los occidentales (cristianos, judíos) la sencillez, la humildad y obediencia son grandes virtudes, pero eso como que no se lo enseñaron a los franceses (ni a los argentinos porteños, dicho sea de paso).

Hace un par de años hubo un caso sonado en Canadá, en el que un mesero (francés) se portó muy grosero con sus clientes y fue despedido. El mesero demandó a su antiguo patrón alegando que ser irrespetuoso y arrogante era parte de su cultura, y que lo estaban discriminando por su origen. En otras palabras: Yo soy francés, soberbio y grosero, y me tienen que aguantar así, o me están discriminando. Eso de que el resto del mundo es el que está mal, y que debe cambiar para ajustarse a mis mimes, es una situación cada vez más común en este siglo de lo políticamente correcto. Así las cosas, uno podría putear a un chofer de bus en calle, y decir que es que está ensayando porque quiere irse a vivir a París. También se podría decir que la corrupción es parte de nuestra cultura, y que ponerla en práctica no es sino una forma de conservar eso que nos hace lo que somos. Y así muchas cosas más: La violencia, la impuntualidad, la deshonestidad, manejar una supuesta democracia como quien maneja una finca (¡ejem!), todo sería disculpable a la luz de la supuesta excusa de nuestra cultura. Quizás con los años logremos tanto arraigo en esos vicios y antivalores disfrazados de cultura, que hasta bauticen algún síndrome en honor a los colombianos: El Síndrome del Caleño Solapado, o el Síndrome del Paisa Jactancioso, O el Síndrome del Rolo Malaclase. Se podría alegar entonces que estar acá escribiendo (leyendo) esto, no es procrastinar, sino una manifestación cultural, e incluso podría colarlo como parte de mi jornada de trabajo, y al que piense distinto me está discriminando, y que se vaya a Japón, para que aprenda.

Las bocas inútiles

Les Bouches Inutiles

Uno puede llegar a creer que los héroes son un concepto moderno. De niños nos encarretamos con algún personaje, usualmente con habilidades extraordinarias (como Supermán), o con mucho dinero (como Tony Stark), o simplemente famoso por cualquier motivo (como Bad Bunny, o Pablo Escobar). En mi época de niño el héroe era MacGiver, y quizás por eso fue que terminé estudiando disque ingeniería. Si le preguntan a un niño de Corea del Norte, el héroe seguro será Kim Jong–Un (no es para menospreciarlo: Según su biografía oficial, el presidente Kim es tan inteligente que escribe en promedio un libro cada cuatro días), y cuenta la leyenda que incluso existe gente que admira a Ricardo Arjona.

Los héroes van desapareciendo cuando crecemos. Hay quienes dicen que uno va madurando en la medida que va dejando atrás todos esos ídolos de la niñez. A mí MacGiver se me terminó de morir hace como tres años, cuando sacaron una serie que intentaba copiar la de los años 80, pero que francamente solo me inspiraba pensamientos sociópatas. Pasé de querer salvar el mundo con un cortaúñas a conformarme con que no me duela la espalda cuando voy a ver una serie en Netflix. Nunca me disfracé de Kalimán, o del Hombre Araña, o de alguno de Los Magníficos. A lo más que llegué fue a que mi mamá me disfrazara de conejo (esto seguramente se lo voy a contar a un terapeuta algún día), y por eso tampoco aspiraba a tener súper poderes, o a ser muy fuerte, ni nada por estilo. El único héroe que sigue siendo motivo de mi devoción es el dotor Uribe, a quien admiro por ser capaz de evitar la cárcel como Neo (el de Matrix) esquiva las balas.

En todo caso y volviendo al tema, parece ser que los héroes siempre han existido. Ahí está por ejemplo el Barón de Munchausen (Siglo XVIII), que era capaz de montar balas de cañón y fue hasta la luna. Tim Burton le dedicó al barón una de sus primeras películas. En España y Portugal, el héroe era el Mío Cid, a quien personalmente no recuerdo con mucho cariño, porque me obligaron a leer sus cantares en el colegio. Hubo además dos héroes de la edad media que se disputaban la admiración y el cariño de la gente en toda Europa. Los niños querían ser como alguno de estos dos personajes, y uno hasta se imagina las peleas en las jugarretas por hacer de tal o de aquel, así como pasa hoy en día. Eran los Iron Man del Siglo XII, más conocidos que el Chavo del 8, más divos que Amparo Grisales.

Uno de ellos era el Rey Ricardo, de Inglaterra, a quien sus coterráneos apodaban “el del corazón de león”. Parece ser que el hombre tenía presencia, era imponente, le gustaba la actividad física, y era un conquistador nato. El otro era el Rey Felipe, de Francia, a quien le decían “el hermoso”. Ese apodo no le favorecía mucho a la hora de compararse con su colega británico, y de hecho parece ser que había cierta envidia, y cierto espíritu de competencia entre ellos. El choque de ambos egos tenía un resultado predecible: La guerra.

Haciendo gala de sus habilidades de conquistador, Ricardo invadió un territorio en Normandía (hoy en día Francia) y construyó allí un castillo, al que llamó Chateau Gaillard. Al hermoso no le gustó ni cinco que su competidor le hiciera un castillo en las narices, y que aparte lo bautizara disque gallardo, así que le dio la bienvenida a los británicos a la Europa continental organizando un sitio que duró varios meses. Luego de varios intentos de invasión al castillo, y del desgaste propio que implica estar rodeando una fortaleza, los franceses como que cedieron, y le dieron la opción a los civiles del Chateau Gaillard de salir sin ser lastimados.

Cuando la gente empezó a salir en manada del castillo gallardo, los franceses cayeron en cuenta del error que habían cometido, ya que el sitio se podía prolongar mucho más tiempo con esa gente afuera. La orden para el ejército del hermoso fue atacar con flechas a los civiles que iban saliendo, para obligarlos a regresar al castillo. Por su parte, cuando el ejército británico vio cómo los civiles volvían a la fortaleza, se decidió atacarlos también, para obligarlos a irse y no perder la ventaja estratégica que había servido en bandeja de plata el enemigo.

El término tierra de nadie es justamente de la época medieval, y se refiere al espacio exterior que hay cercano a las murallas de una fortaleza: Quienes defienden están ubicados de los muros hacia adentro, y quienes atacan no pueden estar cerca de los muros, para no ser alcanzados por una flecha o la brea caliente. Pues ahí estaban los civiles del Castillo Gallardo, en tierra de nadie, atacados por el enemigo y por los propios británicos. De la escena quedó una pintura llamada “Las bocas inútiles”, que retrata la matanza. El título de la pintura hace referencia al pecado de esa pobre gente, el de consumir agua y comida dentro del castillo, sin aportar ninguna ventaja militar.

Hoy en día del castillo no queda nada, los franceses se encargaron a la larga de recuperar el terreno invadido y de demoler el símbolo de la afrenta. Pero hoy he recordado la historia del Chateau Gaillard y de las bocas inútiles gracias a una persona, que como los civiles británicos, no es de acá ni de allá, y más bien se le considera innecesaria, dispensable. La historia de la gente en tierra de nadie me vino con una sola frase de esta persona: ¿Te limpio el vidrio chamo?

Sobre especulaciones exponenciales, y realidades finitas

Un modelo de crecimiento exponencial es igual a lo que ocurre con la población de bacterias, o un préstamo en un banco: Si el banco presta cierta cantidad A (digamos: $1000), con un interés del 20% anual (i = 0.2), luego del primer año la deuda que se tiene con el banco será de y(1) = $1000 (1+i) = $1200. Para el siguiente año, ya se deben $1200, y se vuelve a aplicar el interés, de modo que la deuda caso será de y(2) = $1200 (1+i) = $1440. De manera general, predecir la deuda a futuro que genera cierto interés está dado por la fórmula: y(n) = A (1+i)^n, donde A es la cantidad inicial, i es el interés, y n es el número de periodos (años) que han pasado. Usando esta fórmula y el ejemplo del préstamo (A = 1000, i = 0.2, n = 20) se puede concluir que al cabo de 20 años sin abonar a la deuda, uno estaría debiendo más de 38 veces la cantidad inicial (por ahí dicen que tener un banco es el negocio “legal” más lucrativo que existe).

El modelo de crecimiento exponencial está presente también en los llamados Esquemas de Ponzi, o Esquemas Piramidales. Suponga que alguien le ofrece un maravilloso negocio, en el que Usted solo debe invertir una cantidad inicial, y traer a dos socios, para que el avión dé otra vuelta y todos reciban ganancias fabulosas. Si empezamos con una sola persona, luego de 7 vueltas del avión, se requiere de 255 socios adicionales para que la cosa funcione bien y todos reciban su dinero. Para cuando el avión llegue a su vuelta 32, se requerirían más socios que todas las personas que hay en el planeta (si tiene tiempo de hacer las cuentas: A = 1, i = 1, n = 33 , en la fórmula de interés compuesto pasada).

En ingeniería también hay ejemplos famosos del uso del modelo de crecimiento exponencial. Quizás uno de los más nombrados es el de Moore, que predice que la capacidad (rendimiento) de los sistemas de cómputo se duplicará más o menos cada 18 meses. Y aunque el modelo de Moore ha sido bastante preciso en predecir lo que ha pasado con los computadores en los últimos  años, la lógica dice (así como en la pirámide) que ese crecimiento no puede darse de manera indefinida. Si fuera así, dentro de otros 40 años tendríamos computadores con capacidades muy superiores a la inteligencia humana, y podríamos calcular la respuesta a la vida, el universo, y todo lo demás.

Modelo de crecimiento exponencial para el tamaño de la población

Los primeros modelos de predicción de la población mundial eran exponenciales. Sin embargo, existen límites físicos (comida, agua, espacio) para que la población siga creciendo indefinidamente, como predicen estos modelos. Esto significa que el modelo, que ha sido más o menos preciso en predecir el tamaño de la población en los últimos mil años, debe ser revaluado. Y revaluar el modelo de crecimiento exponencial tiene sus problemas: La visión capitalista de la economía dicta que un negocio que no incremente sus ganancias cada año, es un negocio condenado a desaparecer. Este postulado se basa en el hecho que siempre habrá más gente con necesidades para comprar más (más casas, más celulares, más servicios). El asunto está en que el planeta no tiene recursos infinitos para seguir fabricando cada vez más cosas, y aunque se pudiera, la cantidad de clientes potenciales (de personas) tampoco va a crecer indefinidamente.

Todo esto supone un problema enorme, y un montón de contradicciones. La economía de todo el mundo vive como a préstamo, bajo el supuesto que luego habrá los recursos (humanos, financieros, físicos) para pagar lo que ahora consumimos. Como se supone que las ganancias seguirán subiendo en el futuro, nos gastamos por anticipado esa riqueza (con consecuencias como la inflación, o la devaluación). El capitalismo se ha vuelto muy agresivo buscando formas cada vez más complicadas de producir dinero adicional, usando la especulación en economías de países completos.

Así que si uno se pregunta qué pasa en lugares como Chile, o Argentina, o Ecuador, u Honduras… La respuesta tiene que ver con la presión que el FMI ejerce a los gobiernos para favorecer los intereses de capitales privados, y seguir incrementando las ganancias. ¿Qué nos irá a pasar cuando ya no haya más gente para producir dinero? Si la población no puede seguir creciendo, ¿qué va a pasar con las pensiones de los que ahora trabajamos? Ya hay países (como Japón o España) en donde está muriendo más gente de la que nace, y eso supone un problema, y anticipa otra crisis económica a nivel mundial.

La ciencia también se mueve por las arenas de la especulación, suponiendo que siempre habrá avances que permitan generar nuevos productos, innovar, e incrementar el rendimiento de los procesos de producción (las ganancias). Sin embargo, según parece, con la ciencia está pasando lo mismo que con la población: Tiende a estancarse. Cada vez cuesta más generar nuevo conocimiento, o el conocimiento que se genera es poco significativo, o irrelevante, comparado con otras épocas anteriores. Hoy en día se producen más artículos de investigación y se desarrollan más proyectos que en ninguna otra época de la historia, pero esa producción masiva tiene poco o ningún impacto en nuestro entorno.

Nuestro modelo especulativo y exponencial nos ha llevado a equiparar el conocimiento con la producción de artículos, así como la riqueza real con el dinero. Hemos logrado en relativamente poco tiempo unos avances técnicos y científicos y un desarrollo económico enorme. Pero ese gigante que supone nuestro avance tiene pies de barro, porque supone un mundo con recursos y personas infinitas. Las burbujas pueden crecer mucho, pero siempre terminan colapsando.

El propósito de la vida

Desde que empezó el año, me ando repitiendo un mantra que copié de una película sobre el fantasma de Pedro infante: Concéntrate en lo bueno, no en lo malo. Y aunque yo mismo reconozco que no es propiamente una revelación filosófica trascendental, así simple como es, mi terapia Netflix me está costando mucho. Yo creo que es por la época. A parte del guayabo de enero, de las alzas, y de mi cumpleaños, se tiene uno que aguantar mensajes y estados del estilo: “Este año sí… este año sí…”, “Página 11 de 365”, o “¡Sorpréndeme 2020!”. Veo estas cosas y pienso ahí mismo en el pobre Sísifo, y que va a tocar empujar la piedrita todo este año, para que el próximo la consigna sea: “¡Sorpréndeme 2021!”.

Uno no puede dejar de pensar por qué siempre en estos comienzos (de año, por ejemplo), las personas nos ponemos tan reflexivas con nuestras vidas. La búsqueda de propósito ha sido una constante en la humanidad desde que hay historia. Desde los propósitos simples (bajar de peso, ganar mejor salario, comprar carro), hasta aquellos más trascendentales y universales. Pero justamente en esto último es en donde hay menos acuerdo: Si se le pregunta a una persona religiosa y piadosa la respuesta respecto al propósito seguro tiene que ver con estar alineado con la voluntad de Dios. Un epicúreo o hedonista, la dirá que el propósito de la vida es disfrutar y ser feliz. No faltará quien le diga que el propósito de la vida es la vida misma, así como también alguien que afirme que la vida no tiene sentido ni propósito, y que por ende es mejor no vivirla.

Tampoco es que en este mensaje quejumbroso vaya yo a resolver el asunto del propósito de la vida. Ese tema tan espinoso lo han tratado de resolver los mejores filósofos y las mejores mentes a lo largo de la historia, y todavía no parece terminado. Hasta los Monty Python le dedicaron una película al asunto. Y justamente viendo otra película recordé una no muy alentadora teoría de cuál es el propósito universal de los seres vivos en este mundo. La película se llama Okja, y trata sobre un marranito modificado genéticamente y su dueña, una campesina coreana, que tienen que pasar un montón de aventuras para estar juntos.

La película deja al final un desasosiego, porque nos muestra lo que estamos haciendo como consumidores, y lo que hacen las grandes corporaciones con el resto de seres vivos del planeta. Y eso lleva a la teoría de por qué estamos en el mundo. Se trata de un análisis con base científica de lo que es la vida, vista como un sistema. La propuesta de cuál es el propósito de la vida tiene dos postulados. En primer lugar, la vida es un fenómeno altamente improbable en el universo. Usando una analogía estilo Carl Sagan, imagínese la tierra en sus inicios, cuando no había vida. Era un planeta con agua, mareas, tormentas, vientos, erupciones, pero no existía ningún ser vivo. ¿Cuál podría ser la probabilidad de que por todos los fenómenos nombrados anteriormente se formara una pila vertical de tres piedritas en algún punto del planeta? Ese resultado ciertamente, aunque posible, es muy difícil que ocurra. La vida equivaldría a que así espontáneamente, se formara una pila vertical de cientos de miles, o millones de piedritas. Los seres vivos somos una combinación de materiales comunes en este y otros planetas, pero organizados de una manera tal, que es casi imposible pensar que todo empezó por un evento espontáneo. La génesis de la vida es tan improbable que las religiones modernas la atribuyen a la mano de Dios.

Pero, ¿por qué un fenómeno tan raro, tan improbable, se perpetuó en el tiempo y todavía sigue ocurriendo, en formas cada vez más complejas? La respuesta a esa pregunta lleva al segundo postulado sobre el propósito de la vida, y tiene que ver con la Segunda Ley de la Termodinámica, que dice que la Entropía (el desorden) en el Universo tenderá siempre a aumentar. Los seres vivos somos muy eficientes en tomar formas de energía aprovechables y convertirlas en desechos, de los que es mucho más difícil aprovechar algo. La Entropía no es reversible, como diría Azimov en La Última Pregunta, y por eso es que uno ve al pocillo romperse en pedazos y derramarse al café, en ese orden, y no al contrario.

Con la aparición de la vida, el Universo parece haber encontrado una forma de acelerar el proceso de incrementar la Entropía, logrando con nosotros, los humanos, una herramienta óptima para ese propósito. El problema quizás es que la herramienta se volvió consciente de su existencia y se anda preguntando los porqués de todo. Bajo esta visión (pesimista, yo sé) no sorprende lo de las marchas aquí en Colombia, o que estemos al borde de un conflicto mundial con lo de Irán, o lo de los incendios en Australia y el problema del clima: Todo hace parte de nuestro propósito.

Como puede concluir quien haya logrado leer este ladrillo hasta este punto, esto de concentrarme en lo bueno como que no me está funcionando. De pronto sea mejor dejar a un lado tanto pensamiento depresivo y poner en mi estado alguna frase motivadora estilo: “¡Este sí es mi año!”.

El estudiante universitario de profesión

La continuidad negativa es un concepto de la narrativa moderna, que ha venido a tener mucho uso con las series de televisión. Es la razón por la cual uno puede verse en cualquier orden y en cualquier momento un capítulo de Los Simpson, o del Chavo del 8, sin tener que saber necesariamente lo que había ocurrido en el episodio o los episodios anteriores. Básicamente se trata de mantener el statu quo, de la historia episodio tras episodio, de reiniciar la historia en donde todos la conocen. Así por ejemplo, si en un episodio el protagonista de la serie se ha quedado varado en una isla desierta, al siguiente aparece nuevamente en la sala de su casa, que es donde empiezan por defecto todas sus aventuras. El Coyote se podía enfrentar a las muertes más atroces conocidas, pero siempre reaparecía vigilando con unos binoculares las carreteras del desierto.

La lógica o el hilo narrativo coherente no son el objetivo en esos programas, lo que se busca es (en general) producir situaciones de humor, que la gente se ría del chiste, así toque mandar al personaje al espacio exterior, y aunque en el siguiente capítulo se haga un reset, y el mismo personaje reaparezca en su lugar habitual sin mayores explicaciones. Es una licencia que se dan (que le damos los espectadores a) los que cuentan la historia: No hay consecuencias, lo importante es el chiste. Por eso era por ejemplo que el Chavo del 8 a ratos parecía tener mucha malicia (sobre todo en situaciones en las que podía conseguir comida), y en otras no era capaz de juntar dos ideas de manera coherente. Como espectador uno permite esos brincos sin lógica de la narrativa y a veces hasta los puede usar para predecir lo que va a pasar. Por ejemplo, siempre, siempre que en la serie Star Trek aparecía un personaje nuevo, uno sabía que al final del capítulo ya no iba a estar, para mantener al conjunto de personajes originales del programa, empezando por el Señor Spock y el Capitán Kirk. Así que se sabía que por más interesantes que fueran algunos de los individuos nuevos que aparecían, al final del capítulo iban a estar oliendo a formol espacial.

La vida, obviamente, no funciona así. Uno sí puede encontrar gente (curiosamente en su mayoría de la farándula y de la política) que parece actuar como si no hubiera consecuencias de sus actos. Pareciera que a las personas nos da esa sensación de un universo inamovible, inmóvil, en el que somos siempre los mismos y el resto del mundo también. Ahí tienen el ejemplo de Einstein, que en los últimos años de su vida se dejó meter el cuento de que el universo debía ser estático. Einstein se esforzó por probar que eso de la expansión del cosmos luego del Big Bang, tenía que tener un efecto de contraposición para balancear el carácter fijo del universo. Le perdió décadas al asunto, y al final vino a postular el concepto de Materia Oscura, que luego calificaría como el error más grande de su vida. Lo curioso es que observaciones recientes vienen a sugerir que la Materia Oscura sí existe.

Y así como con Einstein, muchos nos empeñamos torpemente en la idea insostenible de un universo y un yo inmutables, cuando la realidad es que estamos en un estado de cambio permanente. Cuando uno cree en una verdad estática vive en un conflicto permanente para adaptar dicha verdad a las realidades cambiantes del entorno. Es uno de los principales problemas de las grandes religiones monoteístas. Incluso en nuestra cultura hay manifestaciones de esa vida aparentemente inalterable. No es sino ver en qué términos se plantea uno los objetivos de vida: “Quiero tener un empleo estable”, o “deseo formar una familia”, o “mi objetivo es tener un Ferrari”. Todas esas cosas parecen planteadas en términos de una vida que no cambia, y frecuentemente llega uno a enterarse que aun logrando ese tipo de objetivos, la felicidad o la realización personal no llega. Pocas veces escucha uno de planes de vida donde el objetivo sea por ejemplo ser feliz.

Siendo un párvulo estudiante universitario, uno no se pregunta ninguna de estas cosas con juicio. Tarde me vine yo siquiera a plantear cuestiones medianamente parecidas. Yo creo que ni los que estudian humanidades o filosofía lo hacen tan temprano. Sin embargo, llega a haber personas que a esa altura concluyen de manera indirecta o intuitiva, que la felicidad está en hacer inmutable y constante justamente lo que te satisface de la vida. Por ejemplo, se da uno cuenta (tarde, otra vez) que la vida universitaria del pregrado es muy satisfactoria. Muchos se refieren a esos años como los mejores de su vida, pero también muchos apuramos esa época, queríamos terminar lo más rápido posible, porque había que salir a producir. Luego vienen los remordimientos por el agua que ya corrió, por no haber disfrutado lo suficiente, quizás los mejores años de la vida adulta.

Por eso es que digo que hay gente que las coge en el aire y entiende intuitivamente que no es el final lo que cuenta, sino el camino, y decide convertirse en estudiante universitario de profesión. Uno los distingue porque han empezado mínimo dos carreras, pasan de los treinta años, y (curiosamente) son muy activos en el movimiento estudiantil, para las protestas y ese tipo de cosas. En Univalle a estos personajes jocosamente se les llamaba en mis tiempos los espías, por querer decir que era gente supuestamente infiltrada en el movimiento estudiantil, mandada por la administración o hasta la policía (vaya uno a saber).

Lo de la afinidad con el movimiento de protestas se explica en primer lugar, porque el hábitat natural de estos personajes es la universidad pública. Sería extremadamente costoso dedicarse a la profesión de estudiante universitario en una privada. Lo segundo tiene que ver con aquello de disfrutar el proceso: Si decides dedicarte a la profesión de estudiante universitario, a fuerza toca conocer esa faceta de capucho y revoltoso, para gozarla. Aun estudiando en universidad pública, veo muy difícil que haya padres (encasillados dicho sea de paso en el paradigma de lo inmutable) que decidan apoyar el plan de vida de su hijo de ser estudiante ad infinitum, y el camino del estudiante universitario de profesión llega a ser bastante solitario, más allá de los levantes ocasionales y fugaces que el susodicho pueda hacer de primíparas impresionables.  

Nuevamente tarde he llegado a la conclusión de que existe otra opción más digna a los ojos de esta sociedad, enceguecida por sus anhelos de statu quo. Una opción que permite disfrutar de virtualmente todos los privilegios del estudiante universitario de profesión, sin sufrir el escarnio de ser tildado de perezoso o  mantenido. Una opción con la que me topé al azar, ni siquiera de manera indirecta o intuitiva: La de ser profesor. Nadie critica a un profesor bohemio o rumbero. El compromiso o activismo social, se cuenta entre las características de muchos profes, sin que eso implique necesariamente motivos de censura. Se puede hacer deporte, se puede estudiar de los temas que uno quiera, se puede leer y armar discusión de temas ajenos a la profesión, se puede dedicar al sindicalismo, a la política, le puede perder tiempo al cine, a la música, al arte, en fin, todo son ventajas.

Desde ahora y viendo mi historial de vida lleno de yerros y pasadas por alto de cuestiones trascendentales, he decidido estudiar estas cosas de lo inmutable con más detalle. No quiero enterarme de aquí a unos años que hubiera podido haber hecho más cosas que me gustan, y que perdí tiempo valioso dándome cuenta tarde de la manera más adecuada de lograr mis objetivos. Por eso, ahora ando en la búsqueda consciente de la mejor manera de dedicarme a otra cosa que me gusta: Los memes.

Una historia poco y mal contada

Las buenas historias son escasas. Por eso ahora están resucitando tanto refrito en el cine: El Rey León o Terminator, Blade Runner o Los Cazafantasmas… parece mejor idea reencauchar un cuento trasnochado, que pensar en concebir uno desde la nada. Víctor Hugo (el autor de Los Miserables) decía que en la vida de los hombres solo hay unas cuantas buenas historias, que se repiten una y otra vez, pero que por razones de nuestro corto paso por este mundo y de los matices que tienen las historias entre sí, no nos damos cuenta. No me las estoy picando de ser ningún Víctor Hugo, pero también creo que lo más difícil de escribir es eso: Tener alguna cosa interesante para decir. Puede haber mucha voluntad, mucho talento, o fama y prestigio por parte del autor, pero una historia sin sustancia en general se queda corta (ahí tenemos de ejemplo a Marvel).

La historia de este texto debería conocerla todo el mundo. El problema es que es una historia muy inconveniente, muy extensa y muy llena de detalles. A lo sumo uno puede aspirar a conocerla por partes, y tratar de hacerse una idea general. Empieza con la época más primitiva de nuestra especie, en la que la escasez, la enfermedad y la muerte eran cosa de todos los días. La evolución ponía sobre nosotros y sobre todos los demás seres vivos una presión muy fuerte: Solo sobrevive y se reproduce el más apto.  El asunto del más apto para otras especies ya estaba resuelto, generalmente se trataba del individuo más fuerte, el más aguerrido, el más rápido, o el más llamativo para el apareamiento.

Pero con los humanos la cosa pintaba un poco distinta, ya que uno podía sobrevivir y procrear simplemente valiéndose de la inteligencia, sin requerir necesariamente habilidades físicas o atractivo sexual. A sazón de esta nueva estrategia de la evolución aparecieron cosas como el lenguaje, y la sociedad (sin mencionar bobaditas como el arte, la ciencia, la tecnología, la ley, y muchas más). Habiendo tanta escasez y peligros en esos primeros días, no iba a pasar mucho tiempo antes que alguien inteligente decidiera manipular a los demás y hacerse una posición importante: “Yo tengo poderes para curar”, “En mis sueños me hablan unos seres superiores”, “Yo sé interpretar lo que dicen las estrellas sobre nuestro futuro”

Se empezaban a configurar las castas, los estratos, las categorías de seres humanos. Había algunas personas especiales (ungidas, enviadas, elegidas, con dones) y otros más bien normales. El asunto es tan típico de nuestras sociedades, que hay países como la India, en donde las castas todavía funcionan como lo hacían miles de años atrás. Pero no es de religión o de supersticiones de lo que trata esta historia, para que el lector impaciente no descarte su lectura anticipadamente, pensando que se trata de otro lamento de ateo trasnochado. No, la cosa va más allá. Dentro de ese grupo de las personas especiales figuran a lo largo de la historia brujos, chamanes, sacerdotes, faraones, reyes, emperadores, zares, papas, pastores, astrólogos, médiums y muchos más, que basan su poder en la religión o en la superstición, pero el asunto de fondo es que siempre ha existido una clase especial, dominante, y otra clase de personas normal, la dominada.

Como ejemplo de esa jerarquía privilegiada tómese a los nobles y a la curia en la edad media. Ostentaban el dominio absoluto sobre la población, al punto que en algunos reinos de Europa, el señor feudal tenía Derecho de Pernada, que no es otra cosa que el derecho a acostarse primero con cualquiera de las mujeres del reino que se casara. Luego vendría la época de La Ilustración a dañarles la fiesta de más de mil años, con la idea loca de que la ciencia y el conocimiento permiten encontrar la solución a los problemas, pateando de paso la lonchera de los que afirmaban ser especiales porque sí.

Muchas mentes brillantes se han preguntado a lo largo de la historia por esta aparente estratificación de las personas. Hubo algunos, como Étienne de la Boétie, que afirmaron que los privilegiados de la sociedad no lo serían, si no fuera por la permisividad y la pasividad de los oprimidos. En el Siglo XIX un filósofo alemán despelucado acuñó el término de Lucha de Clases, para referirse a ese conflicto permanente entre los poderosos y los oprimidos, y auguró que el poder económico iba a desplazar al poder asociado con la nobleza y las religiones. Autores más modernos han visto el problema que supone mantener el status sobre una población cada vez más grande, sin perder los privilegios adquiridos. Aldous Huxley, por ejemplo, vaticinó que la dominación en el futuro vendría asociada con tener a la población atontada, despreocupada, y en lo posible hasta drogada. Orwelll por su parte pensaba que la forma de mantener la dominación sobre la gente era creando un régimen represivo, violento, y de vigilancia constante sobre los habitantes. Al final parece que vino a ser un poquito de las dos cosas.

Hasta antes del siglo XX los privilegiados estaban concentrados en las grandes potencias europeas, y se las ingeniaban para mantener los problemas de dominación, y los conflictos entre ellos, lejos de sus propias fronteras. Eso se les fue acumulando hasta que les estalló en la cara, con dos guerras mundiales, luego de lo cual aparecieron dos vertientes claras: La primera defendía el derecho individual a buscar pertenecer a la clase dominante, basado en la libertad propia y el respeto por las libertades ajenas. La segunda afirmaba que no era permisible que en una sociedad moderna hubiera clases en condiciones de extrema necesidad, si había suficientes recursos para todos. Estas, que son básicamente afirmaciones idealistas (saludos a la bandera, si se quiere), fueron las que definieron la lucha entre el Capitalismo y el Socialismo durante casi todo el Siglo XX.

Muchos dirán que el socialismo ya no tiene cabida, que se ensayó y no sirvió, que no es práctico, o que es un cuento de hadas, pero si hubo una consecuencia directa de su implementación en algunos países: La contraparte capitalista tenía que demostrar que el asunto de las libertades y de la búsqueda individual de la prosperidad, sí podía hacer feliz a la mayoría de la gente. Ahí fue cuando los países capitalistas fueron paraísos para la clase media… Se podía tener una vida decente siendo un obrero, había sindicatos, seguridad social y salud subsidiadas, educación gratuita, y todas esas cosas que hoy en día no se pueden mencionar abiertamente sin que alguien no diga por lo bajo la palabra “guerrillo”.

Pero cuando los capitalistas vieron que iban ganando  la pelea contra los socialistas, empezaron a pensar en cómo retirar esos privilegios para la clase media, que al fin y al cabo cuestan plata. La filosofía capitalista implica que eventualmente se puede invertir (perder) dinero, pero que luego hay que buscar la forma de recuperarlo, y de seguir ganando todavía más. Se empezó a incubar la idea de algo que está sonando mucho en estos días: El Neoliberalismo.

Pero esa es otra historia.

¿Y dónde está mi Ferrari?

El título de este mensaje lo parafraseé de un chiste: Cuenta de un viejo que reprende a un muchacho por pasar tanto tiempo jugando videojuegos. Para hacer más contundente el regaño, el viejo hace las cuentas de lo que cuesta la consola, el televisor, lo que cuestan los juegos y la energía para hacer funcionar todo, y lo que cuesta aproximadamente el tiempo perdido. Al final el viejo dice que si ahorrara todos esos recursos, luego de unos pocos años, el muchacho se podría comprar un Ferrari. La respuesta del muchacho es simplemente:

“Y Usted que no juega nada de esto, ¿dónde está su Ferrari?”

Filosofar sobre un chiste puede ser consecuencia de una noche mal dormida, o del desparche por la anormalidad académica, o fruto de esa necesidad casi enfermiza que tenemos algunos de buscar verdades trascendentales en cosas más bien frívolas, pero yo veo un mensaje muy profundo en la respuesta del muchacho. Una primera interpretación me recuerda a la historia de Diógenes con las lentejas (si, amanecí espeso), cuando el muchacho parece decir: “Si ya soy feliz jugando, ¿por qué debo esperarme para tener un Ferrari?”. Como quien dice, no me ofrezca el Ferrari, que yo ya soy feliz así.

No voy a entrar en el terreno fangoso que implica la discusión de esos ideales de felicidad que nos impone, a veces sin darnos cuenta, la sociedad consumista. Más bien me voy a referir a otro hecho curioso y profundo del chiste: La fórmulas de éxito prefabricadas. Si se parte del hecho que el Ferrari es un indicador del éxito en la vida, el viejo parece afirmar que no jugar videojuegos asegura ese éxito, garantizado. Como cuando cuentan las historias de Bill Gates, o de Mark Zuckerberg, y dicen: “Mire que fulanito ni siquiera terminó la universidad, y hoy día es multimillonario”. Por supuesto las fórmulas de éxito prefabricadas no tienen en cuenta el montón de pobres infelices que se quedó en el camino, y solo muestran la parte conveniente de la historia.





Justamente una idea muy arraigada en el imaginario de la gente es que el talento y el éxito van correlacionados. Recientemente apareció un estudio que afirma que en general el éxito es más una cuestión de suerte que de esfuerzo, o de talento. Se puede ser muy inteligente, o muy talentoso, o trabajar como un burro, y aun así ser lo que en el cine gringo se llama perdedor. Por supuesto que saber cositas o ser muy hábil ayuda, pero la fórmula prefabricada que dice que eso es suficiente para triunfar (dejo al amable lector el definir lo que sea que eso signifique), parece no estar de acuerdo con las estadísticas.

Súmese a eso el postulado del Síndrome Dunning–Kruger, que dice que la gente tiende a sobrevalorar las habilidades propias y a menospreciar las habilidades de los demás, y tendrá una sociedad en la que la élite (intelectual, política, cultural, económica) se cree el cuento que está ahí por mérito propio, y no por nada que tenga que ver con la suerte o el azar. Antes los reyes, los zares y los faraones, eran investidos directamente por Dios, de modo que su autoridad y cualquier cosa que hicieran o dijeran, tenían que ser aceptadas como una consecuencia de la voluntad divina. Fue el postulado subyacente de una época que coincidencialmente se llamó Oscurantismo: “Dios nos mandó este rey, o este papa, así que toca aguantarse las atrocidades que haga”. Ahora, en tiempos de estudios matemáticos sobre el éxito y sobre Ferraris, la nueva religión parece llamarse meritocracia: La élite se merece ese lugar, porque ha trabajado más o es mucho más inteligente que el resto.

Ese discurso le calza perfecto a las ideas neoliberales, que propenden por favorecer a la élite, en virtud del esfuerzo que han hecho por llegar hasta allí. Por supuesto que para el resto de la sociedad, el mensaje se pone en términos más digeribles: Hay que favorecer la inversión, o hay que atraer capitales. Pero el resultado es claro. Ahora que estalló en Chile la rebelión de aquellos que no están muy conformes con sus nuevos reyes, leía una estadística que dice que el 20 % de la población más rica, posee más de la mitad de todos los bienes y recursos del país. Yo creo que en el resto de Latinoamérica la cosa no es muy distinta, y podría ser hasta peor.

Por supuesto que no todos podríamos tener el Ferrari del que habla el chiste, pero pareciera que estamos ambicionándolo secretamente. Esa puede ser la razón por la que nos aguantamos esta nueva forma de jerarquía oscurantista. No critico ni cuestiono a la élite, porque en el fondo deseo pertenecer a ella.

Tu opinión me ofende…

Si el poder o el dinero fueran como el sentido común, este mundo sería muy diferente. Todos creen tener suficiente sentido común y piensan que el resto de la gente carece de él. El sentido común (o más bien la percepción del sentido común propio) es lo más democrático y mejor repartido que hay. No es sino imaginarse a un empresario, a un banquero, a un político, o a un narco, pensando del dinero o del poder como se piensa usualmente del sentido común: “No… yo ya tengo suficiente de eso, a los demás es a quienes les falta”. En ese mismo sentido Joaquín Sabina (el eterno ronco borracho) dice que las opiniones son como el culo: Todo el mundo tiene uno, y todo el mundo cree que el de los demás apesta.

La cosa es que gracias a las redes sociales, a la conectividad, y a nuestras propias dinámicas sociales, todas esas opiniones tienen en general el mismo peso. La humanidad ha abandonado la época oscura del dogma, para entrar en el terreno fangoso e incierto de las opiniones. Antes uno no podía ponerse a contradecir el dogma aceptado sin que una hoguera se le fuera prendiendo espontáneamente debajo de los pies. Ahora se pueden decir las cosas más ridículas o las afirmaciones más trascendentales (con más frecuencia las primeras), sin mayores consecuencias que recibir bullying en un foro en internet, o que lo saquen a uno de un chat, o una noticia viral y mal contada.

Bienvenidos al mundo de la Posverdad, o Verdad 2.0, si Usted es un aficionado a la tecnología, en donde para ser políticamente correcto toca aceptar por igual las opiniones de cualquier persona, sin importar el contexto, y a veces siquiera las evidencias. En la teoría de la argumentación existe la llamada Falacia de Autoridad, en donde se acepta incondicionalmente cierta información apelando simplemente al autor de la misma y a su prestigio. Hace como once años hubo cierta polémica porque el ganador de un Premio Nobel de Medicina (James Watson), afirmaba que la igualdad de razas no podía ser verdad. El concepto de la Falacia de Autoridad nos previene de aceptar como verdad cosas, simplemente porque quien las dice tiene algún reconocimiento en el área o tema relacionado.

Pero en la Verdad 2.0 nos hemos puesto en el extremo completamente opuesto que marca la Falacia de Autoridad: Pasamos de aceptar de manera incuestionable las afirmaciones de un experto, a valorar por igual la “opinión” de cualquier persona, sin ponderar su experiencia, estudios o implicación en el tema. El entrecomillado para la palabra opinión viene a dar cuenta del hecho que habiendo tanta información disponible hoy en día, a nadie le queda difícil respaldar sus creencias con supuestas evidencias. Uno puede afirmar que la tierra es plana, o que hay que abandonar la práctica de vacunar a los niños, o que la matanza de judíos en la Segunda Guerra Mundial nunca pasó, y encontrar en cada caso toneladas de bytes soportando las afirmaciones, por ridículas o falsas que parezcan.

En la concepción platónica del universo,  la Verdad es una y es objetiva (no cambia según quien la mire), y las personas nos aproximamos a ella con nuestros limitantes (los sentidos), pero nunca llegamos a abordarla completamente. Cada uno tiene una versión diferente de la Verdad según su experiencia, sus conocimientos y el contexto. Esto es similar a lo que postula la física moderna, que dice que no se puede hacer una medición objetiva de ningún fenómeno, porque quien está midiendo u observando, afecta al objeto de la observación. Por eso es que dicen que el gato de Schrödinger puede estar vivo y muerto al mismo tiempo: Todo depende de quien vaya a mirar y de las condiciones puntuales (y aleatorias) de la observación.

La filosofía de Platón invita a acercarse lo más posible a la Verdad, desechando en lo posible los sentidos y buscando las llamadas Ideas Universales. El problema es que, bajo la excusa de que cada quien maneja su propia verdad, nos hemos vuelto una sociedad tolerante (e incluso auspiciadora) de las opiniones sin fundamento. El actor Clint Eastwood decía en algún discurso que lo políticamente correcto nos está destruyendo como sociedad. Hoy día es común que las nuevas generaciones se declaren ofendidas cuando alguna cosa no está alineada con sus opiniones, y por eso, cada vez da más miedito hablar de cosas incómodas, de verdades molestas. En vez de eso nos amparamos en el espíritu supuestamente democrático de darle a todas las afirmaciones igual relevancia, y en descartar de entrada el debate y la búsqueda objetiva de la verdad.

La cereza en el pastel es el efecto Dunning–Kruger, en el que muchas las personas nos creemos más inteligentes, más hábiles, o más capaces de lo que en realidad somos. En la ya mencionada analogía de Sabina con las opiniones, el efecto Dunning–Kruger vendría a significar que todos creemos tener el culo bonito, limpiecito y oliendo a rosas. La Verdad objetiva podría no ser tan grata, no por nada dicen que el sentido común es el menos común de los sentidos.